Ensayos

Ensayo sobre el subibaja azul o la independencia de Damián y los cardenales.

El momento más simbólico entre los cardenales, es cuando el macho alimenta a la hembra directamente en el pico, ya que este gesto representa confianza, compromiso, y la capacidad de cuidar a la familia. El cortejo inicia cuando el macho canta desde una rama alta para atraer a la hembra y demostrar que esta sano, es fuerte y puede defender su territorio, a diferencia de muchas otras aves, la hembra también canta. Este “dueto” fortalece el vínculo de pareja y ayuda a coordinar la construcción del nido y de la crianza.

Los cardenales cuidan a sus crías desde que nacen, durante los primeros días los padres alimentan con insectos ricos en proteínas favoreciendo su crecimiento. Le enseñan a buscar comida, a volar cerca hasta que fortalezcan las alas, sus padres siempre guiándolos y vigilándolos de cerca. Aunque pronto las crías de los cardenales se vuelven independientes, los padres continúan protegiéndolos y orientándolos durante varias semanas más, aumentando así sus posibilidades de sobrevivir en la inclemente y maravillosa naturaleza.

Supe que un hito había sido desbloqueado cuando Damián subió al subibaja azul y mientras se suspendía en lo más alto en que el aparato pudo ponerlo no se asustó ni buscó de su padre. Un día de tantos, en el atardecer rojizo de esta ciudad, mientras los remolinos levantaban la tierra, entre ruidos de niños ajenos, mientras yo miraba de lejos la valentía hecha niño, mi hijo reía entre el subibaja rojo y el blanco. El viaje había comenzado desde hace muchos años, quizá desde hace cien años como dice Damián, aunque en realidad había pasado tan solo dos años en el calendario. Evoco los primeros parques en distintas partes de la ciudad, un recorrido explorador que exigía las condiciones más honorables y decididas que su madre, Damián y yo realizamos los fines de semanas o los días en que se permitiera. A veces discurríamos en automóvil largas distancias o cortas, pero siempre con la entereza de que Damián se divirtiera en los parques. Luchamos contra la contingencia del COVID, contra el tráfico y las calles inundades. Comíamos helados, aguas frescas, elotes, chetos, chicharrones, donas, y nos reímos, y nos amábamos y éramos muy felices.

En el 2023 cuando llegamos a vivir en Horizontes del Sur, íbamos al parque que está en la esquina, sobre la calle Búfalo. Si me preguntan a mí; yo veo ese parte sacado de la mente de Tim Burton, o de una escena de la película de Batman de los 90s, y no quiero decir o motivar a las personas encargadas de la dirección de parques y jardines de ciudad Juárez a que lo cambien, me parece ideal, un lugar taciturno y sombrío que da una tranquilidad y donde desde su loma de tierra se puede ver caer el atardecer sobre el anuncio de la carnicería Casa Hernández.  Por esos años se volvió un ritual casi religioso ir cada atardecer al parque, yo en lo particular lo disfrutaba más en otoño e invierno. Damián tenia dos años y su mamá le tenía unos outfits de invierno muy guay. En ese parque le enseñamos a comer sus primeros gusanos, a que sus alas estuvieran fuertes, lo vigilamos, lo conducimos, aprendió a correr, a subir lomas hasta llegar a la bomba de agua. Andaba por los caminos de terracería y debajo de los árboles donde siempre sorprendíamos a los amantes que se dejaban seducir por sus pasiones. Damián en aquellos cien años atrás (viéndose desde el tiempo y calendario damianciano) subía a los juegos infantiles, con precaución, con miedo y con asombro. Me pedía los brazos para bajar de la resbaladilla, lo ayudaba a subir las escaleras, estaba con él cuando se columpiaba, y con su madre hacia equipo para subirse al subibaja mientras yo desde el otro extremo reía cuando veía su cara al momento de elevarse.   

Jugamos en los charcos, poníamos piedras en los arroyuelos, bajábamos corriendo vertiginosamente las pendientes, sentíamos el gélido aire sobre nuestro cuerpo. A veces nos íbamos hasta el anochecer.

Soy de la idea de que los parques son un lugar para preparar y conocer a tu hijo, para volver a las raíces principales de la vida como es; la exploración, el asombro, la valentía, el amor, la naturaleza, la aventura, las relaciones humanas (porque Damián siempre hacia amigos cada que iba), y aunque en ciudad Juárez se han esmerado mucho por hacer parques infantiles de calidad hay ciertas personas que no los utilizan o los vandalizan. He visto afortunadamente muchos papás conviviendo con sus hijos en los parques, los hombres tomamos un cambio generacional y hemos estado más participativos en la educación u ocio de nuestros hijos. Nómbrelo como quiera. Já. No sabemos a ciencia cierta si estamos educándolos o simplemente vamos al parque a jugar. Pero me da gusto ser padre y poder pasar estos momento valiosos e incomparables con mi hijo. He concebido bajo una hipótesis lejana e inflexible que demostramos en un parque con el ejemplo como vivir en la vida.

 “Hay que cuidar sobre todas las cosas la inocencia”.

Durante las primeras semanas en las crías de los cardenales se forman millones de nuevas conexiones entre neuronas lo que les permite aprender rápidamente. Increíblemente su cerebro memoriza los movimientos de sus padres: como volar, donde buscar alimento y como reaccionar ante el peligro. Hoy Damián se desembarazó un poco de sus padres, está iniciando a sus 5 años, el camino para encontrar su propio canto. El cerebro de las crías de los cardenales, están programadas para aprender, mientras que el cerebro de los padres está programado para cuidar y enseñar. Esta sincronía biológica da las habilidades necesarias para encontrar alimento, evitar depredadores y sobrevivir por sí mismos.

Francisco Rico Hernández.

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