Aracataca, un día de esos.
Llegamos a Aracataca, Magdalena un miércoles 5 de Marzo bajo el intempestivo calor de las tres de la tarde como muchas veces se narró en la literatura colombiana. Íbamos en un vehículo Ford rojo del siglo pasado de cuatro puertas que por lo viejo y deteriorado desconocí el modelo del automóvil, estaba lleno de polvo por fuera y por dentro, además de que había un espacio lleno de cables pelados y unidos con cinta de aislar, donde algún día seguro estuvo el tablero del automóvil, el viaje carecía de lo más elemental: los forros de los asientos, amortiguadores y aire acondicionado para el abrasante calor de la guajira colombiana. Ese automóvil que nos sirvió de taxi lo tomamos en la estación de Fundación, que era un pueblo vecino al que por error llegamos, tendríamos que bajarnos en Aracataca pero siguiendo las indicaciones en el aeropuerto de Barranquilla decidimos comprar un boleto hasta Fundación, una voz masculina que me dijo por el radio de la estación de taxis: << Papi tiene que coger un taxi que te lleve a la estación y ahí tomar un Brasilia y llegar hasta Fundación, te bajas y coges un carro para Aracataca, llegas en veinte minutos, suerte papi y cuidado con los venezolanos>>. Por eso mientras miraba a Suilma del otro lado del taxi y sentíamos el calor intempestivo sentí lo que debe de sentir cada niño que quiere ser de grande escritor, la maravillosa emoción de llegar a Aracataca por primera vez, ver el sensacional mundo de Macondo y sobre todo; la casa donde nació Gabriel García Márquez. No es nada básico ni merece que doblen las campanas al culminar ese deseo hecho realidad, por el contrario, cada cabeza es un mundo. Por 30 mil pesos colombianos llegamos de Fundación hasta Aracataca, un robo mayúsculo del cual nos daríamos cuenta días después, tanto fue así que en cada ciudad que posteriormente visitaríamos nos acordaríamos del cobro del taxista del carro destartalado y a coro como si brindáramos decíamos: Chingue a su madre el taxista de Fundación.

Nos hospedamos en La casa del Realismo Mágico, muy cerca del centro de Aracataca y que era propiedad de don Fernando, un exbanquero retirado que atendía con amabilidad y dispuesto a intercambiar y recibir conocimiento. Don Fernando nos recibió con una jarra de agua de piña con dos vasos y portavasos con el rostro del Gabo. Su recibidor era un lugar ameno y lleno de fotografías y frases de García Márquez, también tenía uno sillones de tres piezas y en el centro una mesa de cristal con varias figuras de porcelana de abuelitos. Su oficina era una mesa rectangular de madera con un cristal sobre ella y fotografías de su familia, una computadora y un calendario, atrás una impresora y un reconocimiento de una aplicación de hotelería por internet. Don Fernando era un cataquero de piel morena y menudo, llevaba lentes para leer y era práctico y conciso. El número de nuestra habitación era el siete y llevaba el nombre de Fernanda del Carpio y estaba ubicada en la segunda planta. La casa del realismo mágico fue creada por menesteres del destino según su propietario, y que fue creciendo entre la vacilación de las suertes y sus necesidades, se convirtió después de pocos años en un recinto con buganvilias, rosales y flores en el patio de frente, además de una fuente y una frase que decía: Aracataca de mi Corazón. En su patio trasero tenia flores, macetas, helechos, begonias y hamacas colgadas además de un comedor grande con sillas y mecedoras de madera, una pecera fantástica y una atmosfera de tranquilidad caribe. Por la casa del realismo mágico corría el aire ligero entre el calor inmisericorde y la voz de estropicio de los chilenos. Conocimos Aracataca en un día, que no era muy grande o que quizá estaba de pie después de la hecatombe de la cual pudo resurgir: “El pueblo es borrado de la faz de la tierra por un viento huracanado, convirtiendo en cenizas los cien años de historia de los Buendía.”, pero ahí estaba, un pueblo solitario, con gente que andaba en motos, con su calor de las 4 de la tarde, con los pájaros cantando. Nuestra primera comida fue en una fonda que estaba en una esquina, que era vecina de la antigua casa de raya de la United fruit company atendida por dos negras introvertidas y amables que siempre repetían; —A la orden.

El platillo me recordó a la comida de la Cuenca del Papaloapan; un estofado verde de pollo con bolitas de masa con cilantro. Sabroso. Cuando terminamos me salí del recinto antes que Suilma y conversé con un hombre de la tercera edad que manejaba un bici taxi, me dio su número telefónico y me dijo que lo contactara para darnos un paseo por el pueblo. Lastimosamente no pudimos contactarlo, pero guardé su número como recuerdo de aquel sensacional viaje. Con Orlando Rodríguez, un niño de catorce años perteneciente al grupo turístico de Aracataca iniciamos el recorrido por el pueblo mágico. Visitamos la Casa de Gabriel García Márquez, en ella el cuarto de los abuelos, la habitación de Gabo, el recibidor, el comedor, pero a mí me fascinó más el cuarto de los indios guajiros y el castaño en el patio trasero donde murió José Arcadio Buendía. Luego fuimos a la casa del telegrafista donde inició la novela El amor en los tiempos del cólera, recorrimos la mítica Calle de los Turcos, la esquina de los pensamientos, además del burdel donde nació la frase literaria Las muchachitas que se acuestan por hambre. Fue un recorrido de tres horas donde también admiramos la modernidad de Aracataca con su camellón 20 de julio y el apoyo del gobierno mexicano para una fuente y dados de cemento con el nombre de Macondo. Había murales de las novelas del Gabo colocadas por varios puntos del pueblo, por el río de aguas diáfanas y huevos prehistóricos, por el mercado y por los rincones más insólitos de Aracataca. Ya en el atardecer llegamos a la estación del ferrocarril, al monumento de Remedios La Bella y por último a la casa de la cultura. A la hora de los mosquitos carniceros fuimos a un bar restaurante cerca de los billares a beber cervezas Águila y Club Colombia de Barranquilla, y comimos pollo rostizado con las manos usando guantes de plástico. La gente se saludaba gritando, había música salsa y ballenato en el parque central. Luego vimos a los feligreses salir de la misa de las ocho y discurrir en el parque central. Suilma y yo pensamos que un puesto de elotes mexicanos sería un negocio redondo. Aracataca crecía a su ritmo, lleno de motocicletas y negocios turísticos y gentes alegres, amables y sonrientes.



Dos días bastaron para conocer el pueblo mágico de Aracataca, salimos el 6 de marzo, natalicio del gran premio nobel de literatura, subimos a un moto taxi que nos llevó hasta la central de autobuses, que no era más que una casa debajo de un portentoso árbol al pie de la carretera, el conductor era un aciano agradable y fanático a Cantinflas, hablamos de las similitudes de México y Colombia, yo admiraba a Joe Arroyo y él a Cantinflas. Al final del viaje le regalé un billete mexicano y Suilma se tomó una fotografía con él. Dejamos Macondo en un calor abrazante de medio día mientras yo tomaba una fotografía a un negro que iba con su negra en la carretera, pasaban bajo un árbol grande de mangos, y evoqué el pueblo de Nopaltepec, Veracruz, que se parecía mucho a Macondo, ubicado en Aracataca, en la ribera del río de la Magdalena.
Aracataca, Magdalena, Colombia.
Francisco Rico Hernández
6 de Marzo 2020.




