Cuentos

El Gobernado.

En el año del bicentenario bajo el temporal caluroso que secaba los jardines y dificultaba los menesteres de la vida corriente, se encontraba en solitario el presidente y un viejo periodista que sobrellevaba en la decadencia de su persona el impasible peso de su ilustre oficio. Ellos estaban en el palacio de gobierno de alguna república de las Américas olvidadas en los caminos del desamparo. En el escritorio el presidente vestido de un negro lúgubre, solemne y altivo, fumaba sin prejuicio alguno. A pesar de su larga trayectoria como periodista de izquierda, la cual le había dejado un divorcio y una pobreza heredada a dos generaciones, ésta era la primera vez que lograba obtener una entrevista con el presidente.

—Siéntese —, dijo el gobernante.

—Gracias, le respondió obedeciendo el periodista.

Desde que había salido del liceo quiso afianzarse en alguna universidad de periodismo, y así lo hizo, cuando terminó de estudiar pronto consiguió trabajo en un periódico modesto pero de gran trascendencia. A principios de la dictadura que ejercía el presidente que tenía enfrente, redactaba atingentemente en contra de la oligarquía, con esto rápidamente obtuvo el respeto de los colegas y el agrado de los lectores. Al pasar los años se estableció en su trabajo la credibilidad y el respeto, se apareció la admiración, pero lo que nunca llegó fue el dinero. Ahora ante los ojos del mandatario que lo miraba con altivez sabía que todo se había ido a la mierda. El viento de la libertad no consiguió despeinar la dictadura. Cuando el periodista estuvo convencido de que era el tiempo de bajar la guardia abjuró hacia sus ideales, y utilizó para su bien, la invaluable oportunidad que tenía al estar con el presidente. El sopor de su vulnerabilidad lograba que su subsistencia de alguna manera lo mantuviera bajo el yugo.  Inesperadamente el periodista se atrevió a desafiar a la dictadura en la decadencia del espíritu y preparó el veneno de preguntas que comprometieran al mandatario, sin embargo la realidad se interpuso y lo hizo claudicar a su propósito nuevamente cuando el presidente le preguntó:

—¿Qué horas son?

—Las horas que usted quiera señor presidente.

Francisco Rico Hernández

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